Vigilar a los vigilantes
Rafael Lozano Hemmer: De la energía del disimulo al proyector
más caro del mundo.
Por
Fernando Llanos
Publicitada como “la primera muestra individual del
reconocido artista Rafael Lozano-Hemmer en México”, el
Laboratorio Arte Alameda presentó del 27 de mayo al 22 de junio
del 2003 cuatro instalaciones de arte electrónico: Frecuencia
y Volumen (hecha ex profeso para esta exhibición), 33 preguntas
por minuto, 1000 Usos Tópicos y la Instalación Documental
de Alzado Vectorial. Otra sala presentaba una serie de documentales
en video de diferentes piezas y proyectos.
(1)
Sin
duda alguna Rafael es una referencia obligada para todos interesados
en las artes electrónicas, no olvidemos que fue el primer mexicano
en ganar en un evento tan prestigiado como Ars Electronica. Quizás
más conocida sea su instalación conmemorativa del 2000
en el Zócalo: cañones de luz robóticos controlados
por internet y que se podían admirar 15 kilómetros a
la redonda.
Rafael es un artista mexicano-canadiense-español que ha construido
una carrera exitosa en el extranjero sin que en su país natal
la totalidad de su obra sea tan conocida. No es una coincidencia que
el trabajo de Rafael llegue de la mano de una plática con Manuel
De Landa, otro mexicano emigrante que se vislumbra hoy día
como guru teórico dentro del arte mediático mas, sin
embargo, ninguno de sus textos ha sido publicados en español.
Rafael, nacido en la Ciudad de México en 1967, es un artista
que incluye términos de la bolsa de valores en la descripción
de su trabajo (al igual que De Landa, un teórico que ilustra
a Deleuze con chihuahueños), pero más que el asombro
y respeto que me causa, quisiera transmitir la complejidad que implica
funcionar a escala internacional y con una faz pragmática que
rara vez se nos muestra en los museos o los catálogos. Como
opinaría él mismo luego de la entrevista: “...es
fundamental, es la condición de posibilidades de este tipo
de trabajos”.
¿Porqué no nos platicas un poco sobre la exhibición?
Es la primera individual que tengo en México, y recorre un
poco el tipo de trabajo realizado en los últimos 12 años.
Sobre todo, el trabajo interactivo en espacios públicos para
transformar edificios, o en entornos urbanos por medio de la tecnología.
Una de las piezas fue hecha ex profeso para la nave del Laboratorio,
que es un espacio enorme de 40 por 15 metros de alto.
¿Cual es tu antecedente de formación?
Estudié Química e Historia del Arte, pero desde los
18 años hago performance, radio y, sobre todo, teatro, muy
interdisciplinario, siempre con la intención de mezclar ingeniería,
coreografía, escenografía, música, y siempre
en colectivos. Empecé en un grupo que se llamaba PoMo CoMo
y luego en el 91, empecé a hacer instalaciones solo o con colaboración,
pero ya no piezas de arte escénico sino de artes visuales.
¿Comenzaste en Canadá?
De hecho, me formé en Vancouver y en Montreal, todo el trabajo
artístico se inició en Canadá. Afortunadamente,
como a los 20 años, me dieron una beca para hacer un teatro
tecnológico, y gracias a eso mi grupo pudo mantenerse un buen
rato.
¿Dirigías o actuabas?
Ambas, era el típico tipo de performance que haces cuando eres
muy joven: nos incendiábamos, etc. Cosas donde te pruebas a
ti mismo ¿no? Ahorita lo ves y te da un poco de vergüenza,
pero sana. Ahí estaba, a los veinte años en el hospital,
con quemaduras de segundo grado. Era un proceso donde todos participábamos,
aunque con muy poco dinero para mantener la gran plataforma que imaginábamos.
Al mismo tiempo carecíamos de una dirección suficientemente
dura, y al final el proceso era demasiado democrático. Esta
fue una de las razones por las que salgo del grupo, para implementar
mis pesadillas, mis ideas, y mis necedades sin necesidad de negociarlas.
¿Y cuál fue el proceso por el que te involucraste
con la tecnología?
En la carrera de química trabajé en un laboratorio de
reconocimiento molecular que tenía una versión muy antigua
de realidad virtual; el reconocimiento molecular eran simulaciones
de distintas ciclodextrinas (unas moléculas), y con nuestro
sistema podías juntar esas moléculas y sentir con force
feedback las relaciones de fuerza. Pese al equipo tan primitivo, aprendí
a programar un poquito, y me fasciné con la tecnología,
entonces lo que hicimos fue utilizar algunas tecnologías de
simulación tridimensional que estaban en el laboratorio para
escenografías teatrales, o hacer entornos virtuales, que en
ese entonces se pusieron de moda. Intentamos mezclar el entorno virtual,
sacarlo del laboratorio, de la interfase individual y hacerlo más
colectivo, conectivo. Fue entonces cuando me junté con ingenieros,
coreógrafos, músicos, y así empezamos. Luego,
con la tecnología me di cuenta de que, aunque se programar,
lo hago muy mal.
¿Que lenguaje?
Originalmente lo típico: Director, cosas por el estilo. Me
metí en Pascal, y luego en Delphi, lo suficiente como para
saber que para ser eficaz yo necesitaba a alguien que supiera. Para
entonces casi todos mis trabajos eran en colaboración con otros
programadores. Aun así, defiendo la necesidad de que el artista,
si es posible, aprenda las herramientas, porque te da un repertorio
más amplio de qué es lo que puedes desarrollar. Creo
que el trabajo en arte electrónico es eminentemente colaborativo,
y rompe el estereotipo del hacker. Todo es social, fórmulas
para producción que tiene que ver siempre con un diálogo.
¿Cómo es el proceso creativo? ¿cómo
conectas a las personas para desarrollar ideas? Sobre todo porque
siempre hablas en plural, dices “hicimos”, “presentamos”…
Todas las piezas que están acá están hechas en
equipo, tengo algunos colaboradores con los cuales he trabajando muchos
años. Por ejemplo, la pieza de 33 preguntas por minuto, genera
un numero casi infinito de preguntas diferentes, y en ella trabajamos
con cuatro lingüistas; dos en ingles, dos en español.
Volviste a decir “trabajamos”, ¿quienes
conforman ese grupo base?
Tengo un colaborador con el que trabajo desde el 1989, se llama Will
Bauer y es un ingeniero-compositor; está también Conroy
Badger, un programador-ingeniero que también vive en Canadá.
Con ellos dos he hecho la mayoría de las piezas y, dependiendo
de la obra contratamos otras personas. Por ejemplo para 33 integramos
lingüistas; para Body Movies, un proyecto que tiene 1,200 retratos,
trabajamos con 5 fotógrafos; para Alzado Vectorial incorporamos
un equipo de programadores mexicanos; y para la pieza de Japón
trabajaremos con gente que lo traduzca al Kanji, todo depende de qué
grupo formemos cada vez. Tengo un estudio con personas de tiempo completo,
y si hay proyectos que nos rebasan, empezamos a desarrollarlo más
gente.
Este esquema de equipos grandes, con personalidades y, sobre
todo, piezas monumentales (el proyector mas grande del mundo, el Zócalo)
llama la atención. ¿Cómo resuelves esos niveles
tan ambiciosos de producción?
Creo que uno de los motores del tamaño de mis piezas es mi
inseguridad. Cuando trabajas con la escala hay una ambición
que intentas registrar en la realidad y que de alguna forma siempre
la haces crecer. Mi problema es que mi programador es sobre-confiado
y yo soy sobre-ambicioso, entonces resultamos una mala combinación.
Le digo, “es que lo tenemos que hacer así”, y él
responde, “sí podemos hacerlo”: una combinación
letal, porque las ambiciones siempre van en aumento y luego no podemos
dormir.
Lo que está claro es que no puedo seguir siempre con este fetiche
del tamaño, después de Alzado Vectorial la gente estaba
esperando una especie de espectáculo. Para darte una idea,
BMW me llamó para ver si les podía hacer una pieza,
y me di cuenta que iba a terminar en una línea de imposibles
que no me interesaba. Por eso 33 es una fórmula mucho más
íntima, ya con temas sobre la autoría de las obras,
la mezcla de realidades, etc., pero ya más portátiles.
Respecto a los grandes espectáculos, trabajamos siempre con
equipos locales de producción de conciertos de rock, o de óperas,
gente muy acostumbrada a montajes de gran envergadura. En la pieza
del Zócalo, no exagero, obtuvimos más de 100 permisos,
pues teníamos cañones sobre Palacio Nacional, el Departamento
del Distrito, y los edificios privados. La cantidad de permisos para
cerrar calles, uso de grúas y tránsito aéreo
casi siempre soy yo el que los resuelve. Se ha dicho que soy “el
artista de los presupuestos”, no me enorgullece decirlo, pero
es cierto que gran parte de mi dedicación se vuelca a generar
proyectos viables, financiables, y eso sí, que mantengan una
libertad total de expresión del público.
Un proyecto como Alzado Vectorial fue financiado en parte por CONACULTA,
pero también por TELMEX, sin embargo no veías logotipos
de TELMEX por ningún lado. Tienes que saber muy bien cuáles
son los limites de la utilización de marcas y, sobre todo,
saber que al establecer una pieza en un espacio público, estableces
una relación de complicidad, un compromiso, y romperías
la confianza si de repente aparece un logotipo. Entonces, este es
un mensaje difícil de proyectar ante las posibles empresas
patrocinadoras, y que tengan la idea de que esto no es marketing.
Ya que te consideras “sobre-ambicioso”, ¿cuántos
proyectos alcanzas a desarrollar en un año? ¿eres una
persona de una sola idea?
Sabemos que de diez proyectos, nada más podemos hacer una o
dos piezas nuevas al año, ya que casi siempre tenemos que desarrollar
las interfaces, la tecnología que esta atrás de cada
pieza, eso nos da para mantenernos.
Lo que hacemos ahora es tener varios modelos: el de una o dos piezas
nuevas; el de las artes escénicas, donde las piezas ya hacen
su gira, casi de forma independiente; y en los últimos dos
años, lo que llamo “la fosilización de la obra”:
la venta de fotos, documentos, souvenirs, camisetas, etcétera,
que de alguna forma te ayudan a diversificar recursos.
En esta etapa tengo la fortuna de no tener que dar clases para mantenerme,
a diferencia del 90% de mis amigos, que así sobreviven. En
Europa hay una tradición muy buena de arte público,
y hay modelos económicos que te respaldan. Cuando ves que el
presupuesto de una fuente pública es enorme, y necesita muchísimo
dinero para mantenerse al año, entonces hablas de tu obra ya
no como un espectáculo, sino como una fuente, sólo que
de luz en lugar que de agua, y los burócratas empiezan a entender
que eso se justifica como una inversión. Me interesa mucho
hacer un desarrollo sostenible, y me parece fascinante buscar fórmulas
porque en todos lados la cosa esta muy difícil.
¿Eres de los privilegiados que viven realmente de su
producción?
Pues si, de los privilegiados o de los suertudos, por estar en ciertos
festivales y tener buen impacto y de ahí fue como contagioso.
Hasta hace dos años, mi modelo fue desarrollar piezas más
performáticas: Yo hago una instalación, dura dos semanas,
me pagan por su “representación”. Y casi nunca
he hecho exposiciones donde no reciba un fee, porque para mi el arte
electrónico es un arte vivo, un arte de performance. Esto me
ayuda a mantener las operaciones, y recientemente se refuerza con
la venta de obra y las becas. Yo me he beneficiado muchísimo
del excelente sistema de ayuda a los canadienses, los jurados siempre
son colegas que cambian cada 6 meses; no es un sistema perfecto, pero
sí el mejor que he visto. Sin los apoyos del Gobierno de Canadá
para desarrollar tecnologías, nunca la hubiera hecho.
Por ejemplo, una pieza como Body Movies cuesta cerca de 90 mil dólares,
pero el Gobierno de Canadá puso 30 mil, entonces cuando llegas
a Holanda y dices tengo 30, se facilita su intervención. Yo
sé que en México hay un sistema de apoyos, pero temo
por su supervivencia. Ojalá que mejore y se expanda, pero lo
dudo.
A lo mejor va a sonar muy absurdo, pero ¿te consideras
mexicano?
Si, como no, yo no tengo gran trauma acerca de esto, nací en
México, mis papás son mexicanos, toda mi familia vive
acá, y como dice la expresión “aquí tengo
a mis muertos”: soy mexicano.
También es cierto que soy emigrante, desde chico a los 12 años,
me fui a España y, hasta cierto punto, me siento un turista
en México, lo veo como un voyeur, romantizo e idealizo mucho
a México. Cada vez que vengo lo disfruto y me estimula mucho.
A pesar de ser mexicano-canadiense, cuando presenté esta exposición
en el Laboratorio Arte Alameda recibí tan buen feedback que
me sentí muy emocionado, lo que no pasa normalmente, entonces
hay algo ahí que no entiendo. pero me apasiona.
Y si en Canadá te preguntan: ¿eres canadiense?,
¿que dirías?
Digo que sí, porque no son patriotas en lo más mínimo.
Ahí tu eres mexicano-canadiense, tailandés-canadiense,
o lo que sea. Salvo en el hockey, no hay ningún otro referente
donde lloren cuando escuchan el himno. Entonces es un lugar donde
la identidad es fluida, puedes guardar cualquier tipo de residuo cultural
y, de hecho, lo fomentan.
Ahora vives en Madrid, que es bastante cosmopolita…
Madrid es todavía más complicado. Me acaban de dar también
pasaporte español, está grueso, porque el mexicano es
verde, el canadiense (que conseguí a los 19 años) es
azul, y el español rojo, entonces ahora tengo RGB (2), y puedo
mezclar cualquier color.
Creo que la identidad tiene una parte de performance, al final nos
representamos de una forma u otra. A mi me ha sido muy útil
en España ser mexicano, y en Canadá lo he explotado.
Ahorita México tiene muy buen sonido en el mundo internacional,
entonces de repente decir “tenemos a un mexicano”…resulta
algo exótico. De repente soy el primer mexicano en ganar Ars
Electrónica y eso les funciona muy bien dentro de una idea
de globalización. Resulta muy problemático que me autoexplote
y a la vez me exploten, pero es una forma de beneficiarse de lo que
pasa. Lo trato con un poco de cinismo, es real y me siento beneficiado
a veces por esta autoexplotación.
Frecuencia y volumen es la única hecha ex
profeso para esta exposición, ¿cómo surge?
Cuando se me invitó a hacer una exhibición en el Laboratorio
Arte Alameda, pensé en el espacio público contenido
en el espectro radioeléctrico, intangible pero capaz de controlar
varios niveles: los normales son la televisión, la FM, la AM,
la onda corta, etc., y a mí me parecía fundamental el
hecho de que tantas realidades coexistieran en un mismo espacio. La
creación de esta interfase donde los participantes se convierten
en antena capaz de sintonizar cualquier frecuencia del espectro, me
pareció políticamente interesante para México,
sobre todo en el contexto de que recientemente se han clausurado radios
piratas o informales de comunidades indígenas, que en cierto
momento dan cohesión a las comunidades.
Entonces la pregunta de: ¿Quién tiene acceso a estos
medios?, aunque sea una pregunta de los ochenta, y todos sepamos que
los medios mienten, vale la pena resaltarla. Otro debate nace del
hecho de que acá en México hay una propuesta para que
COFITEL permita a cualquier secretaría de gobierno obtener
permiso para tener escuchas sobre todo el espectro, sin necesidad
de la orden de un juez. Eso pone a debate la privacidad y el quién
tiene acceso a la información, cuestiones interesantes. Mi
pieza te deja sintonizar las frecuencias de trafico aéreo,
de la policía, de radio navegación, cosas que son mas
difíciles de conseguir, salvo que tengas un escáner
de frecuencias, que es lo hicimos. Y vigilar a los vigilantes, pero
no de una forma inocente, la pieza “vigila” al cuerpo,
tenemos un sensor que vigila donde está el cuerpo, y esta vigilancia
te da a la vez el poder de hacer tus escuchas. Hay un tema de violencia
a la hora de ser visualizado por la máquina, que luego se utiliza
para materializar estas frecuencias radiofónicas.
Habla de los premios, y si están relacionados con algunas
de las piezas que están presentadas en esta exhibición.
Alzado Vectorial fue la primera pieza que recibió un premio
serio, que fue el Ars Electrónica. El premio Golden Nica se
transformó en un proyecto bastante polémico en Austria,
porque los centroeuropeos asocian los cañones de luz antiaéreos
con las convenciones del partido nazi. En la entrega de premios, que
es televisada, el presentador, un tanto injusto dado el poco tiempo,
me preguntó: “Oye, esto de los cañones de luz
aquí en Austria nos hace pensar en los fascistas”, situación
muy incómoda, pero se me ocurrió una salida muy buena,
le dije: “En una situación fascista los medios de comunicación
–apuntando a él- intentan controlar a la gente, aquí
es la gente la que controla a los medios, es muy diferente”.
Entonces el güey no preguntó más, pero hay que
tener muy clara la forma en que estas piezas se interpretan de forma
diferente en distintos lugares y eso me gusta. Cada pieza tiene varias
vidas, varias lecturas, según el contexto. Alzado Vectorial
ganó el Nica y desde entonces se presentó en España,
y lo hará en Francia. Para eso sirven los premios. El dinero
del premio lo utilicé para hacer el catálogo de Alzado
Vectorial.
De las piezas mostradas en la exposición hubo un video, Body
Movies, realizado para la Capital de la Cultura Europea, y recibió
el premio Bauhaus en Alemania, además del premio Bafta de los
ingleses, y del Wired. Pero los premios también son algo arbitrarios,
lo sé porque también he sido miembro de jurados. No
les doy demasiada importancia, los agradezco y me honran. Es muy difícil,
sobre todo en arte, decir quién es mejor que otro, las competencias
me parecen un poco ridículas porque siempre he defendido que
lo excluido es frecuentemente lo mejor.
¿Como ves la situación de México, en comparación
con Canadá o Madrid?
Fregonsísimo por un motivo, en México hay grandes artistas
y gran público. No puedo creer la cantidad de gente que participó
en Alzado Vectorial, o la cantidad de gente que vino aquí a
la inauguración de los coloquios, de muy buen nivel. En Canadá
o en Europa hay un cinismo tan grande, tan grave, y hablo de la población
en general, con respecto al arte, hay una alineación tan brutal
que los proyectos terminan por ser incestuosos. Hay una inauguración
de un performancero en Canadá y van los otros 20 performanceros,
nadie más. Creo que aquí la gente se interesa, pesa
la demografía: hay mucha gente joven, un lujo que existe en
pocos países.
En Europa, ante cualquier tipo de propuesta, los conocedores te sacan:
empiezan con que “Fluxus”, o “el situacionismo”…¡Ya
sabemos! ¡Pero ahora lo queremos hacer nosotros! En México
existe una actitud muy sana: hay conocimiento de precedentes, pero
la gente tiene energía, está probando, experimenta.
En cambio, en Canadá, hay instituciones estupendas, hay artistas
estupendos, pero no hay público. En el nivel conceptual, el
arte canadiense es estupendo, todos los artistas están obligados
a tener unos registros súper elaborados de lo que van a hacer,
de qué resultados esperan, de cómo va a funcionar la
pieza, y eso creo que asfixia un poco el trabajo. Nosotros siempre
improvisamos, tomamos decisiones de último minuto. Eso sería
imposible bajo el registro de lo que hacen los canadienses, que es
plantearse las piezas con años de antelación, pedir
el dinero dos años antes. No hay el ímpetu que encontramos
en México.
Algo que respeto mucho de tu trabajo es la investigación
detrás de cada pieza ¿cómo concilias esto con
el azar?
Trabajo de forma parasitaria, me gusta la palabra “parásito”:
para-sitio. sitio=site. Vemos las limitaciones de cada lugar y los
tiempos de producción. En la pieza que voy a presentar en Japón
en noviembre del 2003, trabajamos desde 1998. La verdad es que hasta
cierto punto la pieza esta resuelta tecnológicamente, pero
el desarrollo de los conceptos llevó mucho tiempo: hice dos
viajes a Japón, tomé cursos como parte del proceso.
Lo bueno de este tipo de trabajo es aprender verdaderamente sobre
un sitio. Dicho esto, mi trabajo no esta hecho para sitio específico,
sino para lo que llamo relationship specific, es especifico pero dentro
de las relaciones que emergen en un momento dado. Trabajo también
con la “memoria alienígena”, la cual no pertenece
a un edificio en particular, de algún modo la provocamos como
experiencia para que el edificio tenga una oportunidad de disculparse
y por un ratito no tener el rol que normalmente les imponemos. Nuestros
edificios están cansados de siempre representar la misma narrativa.
Con estas proyecciones, transformaciones, o participaciones, los edificios
tienen la oportunidad de representarse, de disimular, de pretender
que no son los que son, y a mi me gusta la idea del disimulo como
una de las energías principales para el arte.
Ya para cerrar ¿Hacia dónde vas?
Son ya siete años de arquitectura relacional, de intervenciones
a gran escala sobre espacios públicos con nuevas interfaces
tecnológicas. A eso me dedico, pero al mismo tiempo tengo una
nueva serie que se llama subesculturas, instalaciones de tamaño
pequeño o mediano que funcionan con las mismas ideas que la
arquitectura relacional; es decir, la búsqueda de copresencia,
de entornos conectivos, de diferentes realidades superpuestas en un
mismo contexto, pero a la escala de la galería o del museo.
Piezas más portátiles, que manejen estos mismos conceptos,
pero más fáciles de llevar de gira.
Mi idea es mantener la línea de arquitectura relacional, hacer
subesculturas y potenciar todo tipo de experimentos, como el Taller
HUMO, donde ya no soy el único artista, sino parte de un conjunto
donde aprendo muchísimo, doy clases, y hago un poco de todo.
Creo que lo bonito de ser artista es que puedes inventarte un poco,
y nadie te dice cómo debes desarrollar tu carrera. No hay un
mapa, no hay un plano, todos somos precursores de cómo sobrevivir
en este campo.
1.
El Rastro, Presencia Remota Insinuada (Madrid 1994); Emprendedores
desplazados, arquitectura relacional 2 (Linz 1997); Re: Posición
del medio, arquitectura relacional 3 (Graz 1997); Body Movies, arquitectura
relacional 6 (Rótterdam 2001); y Dos principios, arquitectura
relacional 7 (Toulouse 2002).
2. Se refiere al código red-green-blue.
Aquí
para mayor información sobre el trabajo de Rafael Lozano-Hemmer.