Fernando Llanos y su obra con huevos
Por Guillermo Arriaga

Conocí por primera vez la obra de Fernando Llanos de manera desafortunada. Era yo jurado de un festival de videos estudiantiles en Venezuela cuando se presentó una controversia: un mexicano había inscrito su trabajo con una duración veinte minutos cuando las reglas estipulaban que el máximo era de diez. Sin embargo, la publicación del reglamento en México decía con claridad: no mayor de veinte. Defendí rabiosamente la posibilidad de que el video fuera presentado, e incluso amenacé con renunciar si no era así.

Gané mi argumentación y el video fue presentado. Era horrible, un ejercicio narcisista en la cual Fernando grababa todo lo que hacía en un día. Había defendido su trabajo y resultaba que era muy malo. Sin embargo, hubo algo en ese video que lo salvaba: tenía muchos huevos. Era un video que apostaba. Fallido, pero que apostaba.

Al año siguiente volví a Venezuela al mismo festival. En una fiesta de los organizadores conocí a Fernando sin saber que era el mismo que había perpetrado el trabajo mencionado. De inmediato me identifiqué con él, con su bonhomía, su nobleza, su forma de ser un poco extraña.

Fernando me contó que el año anterior había sometido un trabajo. Le pregunté cuál y me respondió: el del tipo que sigue su vida con una cámara. Como no soy de los que les gusta guardarse sus opiniones, le dije que me había parecido malérrimo. Fernando lo tomó con humor. Y yo me dije a mi mismo: tan buena gente y con tan poco talento.

Al día siguiente vi su nuevo trabajo. Era sorprendente, de una enorme calidad, con una propuesta artística sólida y de nuevo: un trabajo con muchos huevos. No podía creerlo. Era un trabajo que sobrepasaba por mucho a todos los demás que se presentaban, la obra de un artista mayor. Y esta vez me dije a mi mismo: Fernando tiene que ser mi amigo. Porque eso sí, me gusta ser amigo de la gente que admiro y a partir de ese día lo admiré un chingo.

Empecé a conocer el resto de su obra. Me pareció desigual, pero mucho más buena que mala. Y lo que era bueno era buenísimo. Me encontré con un hombre comprometido con su obra, que vinculaba activamente su vida a su trabajo. Un hombre enamorado también y muy apasionado.

Le propuse que trabajara en Amores Perros. Hizo el storyboard y luego el detrás de cámaras. En el set nos dedicamos a ser más amigos, incluso boxeamos un poco (él lo negará, pero está grabado que le gané facilito). Terminó la película y la amistad se hizo más y más fuerte.

Seguí conociendo su obra. Fernando tiene una especie de motor interno que lo impulsa a crear de manera compulsiva. Abrió su propio site de internet para promover sus videos. Llegó a hacer uno por día. La mayoría con un gran sentido del humor, incisivos, irreverentes, profundos. Muchos de ellos están vinculados al amor y en particular, al amor a Ana Lucía, la mujer que se le escapa y que recupera y que lo motiva y lo emociona y lo enloquece y medio lo mata.

Fernando ha hecho trabajos brillantísimos. Hay uno en donde de tanto repetir una imagen en el desierto, cada vez desdoblándose en más y más cuadros, que la imagen hipnotiza y te lleva a experimentar estados de ánimo. Un video de Fernando corriendo por el Periférico en contra sentido del tráfico, humanizando como nada esta ciudad con su imagen desgarbada avanzando a pasos agigantados.

La obra de Fernando ha sido expuesta varias veces fuera de México. Y la obra lo merece. Porque tiene calidad para jugar en otras ligas. Es una obra que de tan personal termina siendo universal, que de tan juguetona termina siendo irremediablemente profunda. Me imagino a coreanos y alemanes y brasileños frente a sus provocadores trabajos. Y sé que todos ellos se conmueven, se emocionan, se enojan, se molestan, se ríen, se asquean. Porque eso pasa con toda obra con huevos, como la de Fernando.

Su obra gráfica es siempre desconcertante. Por un lado puede parecer divertida, y lo es, escenas cursis, escenas de folletos sobre medidas de emergencia en accidentes aéreos, etc. Pero debajo subyace algo inquietante, un filo que corta. Obsesionado como está con el amor, las imágenes de Fernando nos muestran el amor con toda su alegría y su dolor. El amor con sus infinitas ironías. El amor como paradoja. El amor como un flan, miel, cursi y de pronto el amor que quema, que separa. El resultado: una enorme nostalgia y una melancolía que nos aborda a pesar de la sonrisa primera que nos provocaron sus imágenes.

Sólo alguien insensible queda indiferente ante las imágenes del buen Fernando. Ese hombrón de casi dos metros, que a pesar de todo, es un romántico incurable, un artista profundo y un cursi que se resiste a serlo. Un cursi de closet en la vida real.

Y si algo le admiro también a mi buen Fer es su compromiso total. No concede, no baja la guardia, no se corrompe. Él es un artista y como tal se asume. Está dedicado a su obra y vive como puede y en donde puede, pero no se detiene en su quehacer de creador. Nuestro gurú común, el gran Felipe Ehremberg, debe estar orgulloso de él tanto como yo. Felipe siempre ha creído que un artista debe ser consecuente de su trabajo y vivir de él. No en balde escribió “El arte de vivir del arte”, máximas que Fernando lleva hasta sus últimas migajas.

Seguiré a Fernando para siempre. Me interesa su obra, me interesa sus obsesiones, pero sobre todo me interesa el enorme mundo interno que bulle dentro de él y que me permite enriquecer mi vida propia. Invito a quien no conozca su obra, que se adentre en ella y se deje llevar. Y si pueden, los invito a que lo conozcan. Es un chingón.

 


* Texto publicado en el libro Cursiagridulce, Trilce 2006, Ciudad de México.