ARGONÁUTICA
La metamorfosis

Por Jordi Soler (3 dic. 07)

Hace unos días deambulaba de noche por la ciudad de México, buscando un sitio donde recalar. Para no herir susceptibilidades ni ensombrecer currículums, diré que iba acompañado de mis amigos M y F, y que yo soy J. Salíamos de uno de estos bares que están donde confluyen las calles de Nuevo León y Tamaulipas, cuando F nos sugirió prolongar la madrugada en un sitio de nombre Mi jacalito. Jacal, como ustedes muy bien saben, es una palabra náhuatl que viene de xacámitl, adobe y calli, casa; una etimología cristalina que me hizo pensar que F. nos llevaba, si no a su confortable casa, a un sitio donde una señora como mi mamá, o como la de F o la de M, sirviera desayunos estupendos. Al tiempo que J y M nos subíamos a un taxi, F se ponía un casco blanco, montaba su bicicleta, se echaba a andar a toda velocidad y me obligaba a gritar esa frase clásica de película, pero aquí escorada hacia el absurdo: ¡siga esa bicicleta! El taxi fue siguiéndola, tratando de imitar su zig-zag por las avenidas hasta que llegamos a la calle Medellín, que a esas horas era un reducto oscuro y desierto, donde era imposible ver ese sitio, que yo imaginaba con sillones mullidos y confortables, que se llamaba Mi jacalito. Pero F sabía muy bien lo que hacía, tocó el timbre en un edificio cuyo número, por no herir susceptibilidades ni ensombrecer currículums, tendré el cuidado de omitir. Cuando M y J pensábamos que F se estaba equivocando, abrió la puerta un señor de pantuflas con gorro y quinqué, y nos guío por un pasillo, lleno de sombras tétricas producidas por la llama temblorosa, hasta lo que durante el día funcionaba como la habitación del portero y de noche se transformaba, como la bella Deneuve en Belle de Jour, en un antro tumultuoso especializado en reguetón; un antro donde los cuerpos culebreaban en un espacio de 25 metros cuadrados, tratando de no pisar la camita del portero y de no partirse un riñón con los grifos del lavabo, en un caderazo enérgico y festivo, de esos a los que invita el baile con esta música. Inmediatamente F, que cargaba su casco en una mano y el asiento de su bici en la otra, ordenó al mesero, que no era otro que el portero, la especialidad de Mi jacalito que es el tequila Los Beisbolistas, una bebida ruda y generosa que, desde el primer sorbo me hizo sentir mullido como un sillón, y al cuarto, ya me llevaba a confundir a F con M, al portero con mi mamá, o con la de M o F, y a mí mismo con un extraño al que no le entendía una sola palabra de lo que decía. Bebíamos tequila Los Beisbolistas (en realidad no recuerdo cómo lo hacía F que tenía un casco y un asiento en las manos) llevados en vilo por la contagiosa marea rítmica, cuando, por poner un ejemplo de lo que en esa portería pasaba, una muchacha le bajó los pantalones a su pareja y se puso a practicarle eso que, para no herir susceptibilidades ni salpicar currículums, omitiré. Para redondear el ambiente que ahí privaba, añadiré que M, F y J (aquí he preferido desplazarme hacia una discreta tercera persona), fueron abordados por una simpática señorita que quería un trago de tequila Los Beisbolistas, para sentirse mullida y confortable, o a lo mejor para bailar con más energía los éxitos de reguetón que no cesaban. Su discurso era confuso, sobre todo para J que, a esas alturas, ya contestaba largas parrafadas a eso que él mismo se decía y seguía sin entender. M o F, o quizá hasta J, le ofreció su caballito para que diera un sorbo de Los Beisbolistas; la muchacha abrió la boca y estaba a punto de decir algo, o de carcajearse cuando, de forma súbita e inopinada, se le cayeron seis dientes, una sola pieza dura y compacta que cayó en el zapato de J y de ahí rebotó para perderse en el tumulto de pies que bailaban reguetón. Tiempo después, no sé si quince minutos o dos horas, el mesero dio por concluida la noche, apagó la música y nos invitó a salir. Mi jacalito quedó convertido otra vez en portería y él se echó agua en la cara y en el pelo, arregló un poco su cama, se puso unas botas de hule, agarró un manojo de llaves y salió bien dispuesto a ejecutar las labores de intendencia del edificio.


* Texto publicado en el Periódico Reforma, Ciudad de México.