Fernando Llanos se propuso escribir un blog que tuviera 365 entradas, una por cada día del año, aunque el proyecto le llevó casi cinco terminarlo. Lo organizó, para su publicación, en varios ejes temáticos: memorabilia, amor/desamor, viajes, el arte de vivir, vivir del arte y ni más ni menos (lo inclasificable). El presente volumen sólo contiene 120 de esas entradas. El sugestivo título, del blog y del libro, proviene del grabado de un rinoceronte que hizo a los dieciocho años, aunado al cuento y recuento que hace de su vida.
Época propicia para la autoficción y la literatura del yo, sus Rinostalgias se inscriben en una tradición reciente de memorias, evocaciones, autobiografías, autorretratos novelados que incluyen a los mexicanos Tedi López Mills, Rafael Pérez Gay, Julián Herbert y Xavier Velasco, y a las colombianas Emma Reyes y Piedad Bonnett. Recordar e inventar son dos verbos que convergen al hacer el ejercicio de narrar la historia propia a través de una escritura desenfadada, abierta, lúdica, neta, imaginativa. Veo a Fernando, libreta en mano, no sólo dibujando lo que ve o lo que le viene en mente, sino anotando, quizás en la cabeza, gestos, conversaciones, objetos. Su memoria corresponde a la de un artista visual que tiene el don de recordar esos detalles que se escapan a sus comensales, que suelen ser los más trascendentes, y que sabe también dibujar con la palabra.
Viajero incansable, Llanos nos da cuenta en estas páginas de su predisposición a ser trotamundos a través de los cinco continentes: de Venecia a Río de Janeiro, de Seúl a Sidney, de Xochimilco a Fresnillo. Y en sus viajes se convierte en un selectivo coleccionista de objetos, lugares y anécdotas, que si bien se prestan para ser reelaborados a través de sus muchos artes y oficios, también son sujetos de pasar por la palabra y convertirse en una bitácora retroactiva.
Los proyectos profesionales y personales se incluyen el uno al otro: la vida alimenta el arte y el arte nutre la vida. Y en ambos sobresale la perseverancia: todo lo que empieza lo concluye, aunque algunas de sus hazañas se antojen caprichosas y descabelladas, como el reto de darle la vuelta, entre caminando y corriendo, a la ciudad de Morelia en ocho horas, o el récord Guinness que se autoimpuso de dibujar a una mujer hasta que la tendinitis le hiciera soltar los pinceles, los lápices y los carboncillos (trece horas).
Workalcohólico, recorre con rinostalgia todos sus empeños y virtudes como fotógrafo, artista plástico, videoasta, curador, guitarrista, albañil, pinche de cocina, surfista, maestro de natación, diseñador gráfico, maratonista, cocinero, empresario. No me sorprendería saber que con sus binoculares descubrió un nuevo planeta en el Sistema Solar o que quiere hacerle una autopsia a un callo de hacha. Sus inquietudes lo llevan a experimentar continuamente, lo que lo conduce a encuentros y desencuentros con finales tan felices como desconcertantes.
Y todo lo que hace está dirigido por la pasión y el gusto. Es cierto: este adicto al trabajo en realidad no trabaja: hace lo que de todas maneras haría por un impuso vital y además eso le permite pagar la renta, los servicios y la comida.
Su familia y sus amigos, incluido Chamaco, su perro chuihuahueño y fiel compañero, se hacen presentes en estas páginas como cómplices de su entusiasmo creativo, que lo mismo lo lleva a ser coeditor de un libro sobre Ciudad Satélite, que a tocar la guitarra o a hacer un performance que consiste en dejarse crecer el bigote.
Mi amistad con Fernando Llanos es muy reciente, aunque parecería que tiene años gestándose y que por azares no se dio antes un encuentro. Ambos nos despertamos sobresaltados a las 3:34 el 27 de febrero del 2010: un gran sismo de 8.8 en la escala de Richter había sacudido Chile con tal intensidad que hizo que el eje de rotación de la Tierra se modificara. Él estaba en Valparaíso y yo en Santiago. Cuando todo había pasado, los dos tuvimos la misma sensación de ser sobrevivientes, aunque a mí no me pasó por la cabeza la sensata idea que le cruzó por la mente: era mejor saltar por la ventana y romperse algunos huesos que morir aplastado por el enojo de la Tierra.
Otra coincidencia se da a través de nuestra mutua cercanía y complicidad con el neólogo Felipe Ehrenberg, que si no nos presentó antes fue porque seguramente uno entraba a su casa cuando el otro ya se había despedido. Dos de las secciones del presente libro hacen recordar uno de sus títulos: El arte de vivir del arte, que ha influido de manera importante en la carrera de Llanos como creador.
Y todavía más: tenemos una idea muy parecida acerca de varios placeres, especialmente en lo que concierne a la comida y la bebida, tanto en lo que se refiere a la degustación y a la cocina en tanto acto creativo, como a la convivencia placentera que propicia compartir la mesa. A los dos nos quedaron grabados en la memoria los tatuajes del chef brasileño Alex Atala, a quien seguramente también le presentó Lourdes Hernández, esposa de Felipe, en São Paulo, con un vaso de caipirinha de proprioca en la mano.
Luego de leer su autoblografía, creo probable que alguna vez nos hayamos cruzado en un bar, una fiesta, una exposición, un aeropuerto. Finalmente coincidimos en octubre del 2012 en un jam organizado en el zócalo de la ciudad de México y poco después en una cena en mi casa en honor a Felipe y Lourdes. A partir de ahora creo que nos seguiremos encontrando y buscando.
Ciertamente nuestra amistad es reciente. Pero esto que ha contado a través de sus Rinostalgias me deja en deuda con él.
Así sea.
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